Soy la muerta en vida que busca en las calles alguna señal que amaine mi sed de venganza
soy la tuerta de alma, la coja de espíritu, la discapacitada del corazón que sangra por las partes más inesperadas
Soy la que alberga el odio en mis cabellos arañados por la tintura
Soy la que parió en un rincón inasequible, dejando huellas de ausencia en las historia de los que parí
A mi me parieron en silencio ahogado
A mi me alimentaron con regalos falsos, cimentados en fantasías y abandonos
A mi me soltaron en el mundo oscuro y no veo
A mi me publican en el muro de los lamentos
No puedo caminar
No puedo respirar
No puedo poder
Me dejo
Me voy
Soy la espía de medianoche
LLegó el momento... ya estoy acá frente a frente... y no voy a escapar...aquí estoy...
martes, 9 de noviembre de 2010
sábado, 28 de agosto de 2010
cerros de cemento
las nubes persiguieron y persiguieron los sueños, como las líneas discontinuas de la carretera que sin haberlo planeado los llevaron hacia el final de una historia grabada en chats y muros de un papel inexistente... qué triste parecían las miradas, el reflejo de la realidad en los vidriosos ojos durante esos sueños de siesta de sábado, de lunes, de jueves... una canción en inglés sonaba a lo lejos, una mujer de voz rasposa y triste... de fondo cerros de cemento con muchas lucesitas, pero opacas no como las que ves cuando llegas desde un avión, no como las de un sábado con una copa de champagne en la mano y una fiesta a tus espaldas, eran lucesitas que reclamaban la llegada a un lugar que parecía un paraíso pero que en medio de cuatro paredes contenía el desenlace de la trampa... qué desastre, qué inercia, qué sequedad en la boca mientras los sueños transcurrían, aunque no era sueño, era real, tan real como estas líneas, no era literatura, era cierto, y les inundó el miedo y la inseguridad y se volvieron opacos, como la pantalla del pc en estado de reposo, se olvidaron de las promesas escritas con emoticons, de los temas compartidos en algún sitio, de los mensajes por celulares que contenían otras realidades dibujadas en bolitas que se esfumaron al tocar una pequeña punta filuda del cemento... en medio de los cerros de cemento bajó en andas rogando despertar
lunes, 26 de julio de 2010
Hambre
Recorría las calles de siempre. Frías en las mañanas. Cemento pálido, astringente, ajeno.
Las calles cambiaban durante el día, igual que el cuerpo. Las calles son el cuerpo de la ciudad, las venas, las arterias que colapsan cada cierto tiempo llenándose de nosotros, escupiendo almas, recortando pasos. Ese medio día, luego de la lluvia, el cemento reflejaba sus dientes.
Como todos los días luego de la lluvia, el viento fresco quemaba las mejillas, igual que cuando se llora por desconsuelo, cuando se llora por un dolor eterno y profundo y no sabes dónde se ubica en el cuerpo, pero se vive punzante y quemante en la pupila siempre, en el reflejo del ojo... hasta que explota en lágrimas.
El viento pintaba las esquinas y los autos, los autos bellos y lujosos de la cuidad, parecían escarabajos claros, gordos y brillantes de limpios. Dentro, también conducían gordos escarabajos, manipulando el camino a su antojo, chorreando babas de estupor por la vida. En una mano el volante, en la otra el espejo retrovisor transmutando la historia que iba pasando como película porno barata, patética.
Los autos de la ciudad hacían de fondo de un escenario incipiente, los autos modelos eran el contraste de la vida en serio que veía en las calles que recorría.
Las calles cambian como el cuerpo, su cuerpo había cambiado tanto, su cuerpo ha de cambiar tantas veces más.
Mañana, tarde y noche, noches largas, noches solitarias, tardes gélidas, atardeceres de sobrevivencia. Otra mañana más, despertarse, juntar los tarros y seguir recorriendo calles.
Su cuerpo esta vez enjuto por la carencia, por la estrechez, como papel de volantín se deja llevar por las esquinas en ventolera.
Seguía siempre el sentido de su oído izquierdo.
En la noche había perdido un diente, pensó que era un sueño, pero no era una promesa.
Desdentada se sentó en la cuneta a recibir el viento, congelada las orejas, masticaba sus propias asperezas y soltabas sus últimas quejas.
En vano, la siguiente noche durmió llamando al ratón para que esta vez le arrancará lo que le quedaba de razón.
Las calles cambiaban durante el día, igual que el cuerpo. Las calles son el cuerpo de la ciudad, las venas, las arterias que colapsan cada cierto tiempo llenándose de nosotros, escupiendo almas, recortando pasos. Ese medio día, luego de la lluvia, el cemento reflejaba sus dientes.
Como todos los días luego de la lluvia, el viento fresco quemaba las mejillas, igual que cuando se llora por desconsuelo, cuando se llora por un dolor eterno y profundo y no sabes dónde se ubica en el cuerpo, pero se vive punzante y quemante en la pupila siempre, en el reflejo del ojo... hasta que explota en lágrimas.
El viento pintaba las esquinas y los autos, los autos bellos y lujosos de la cuidad, parecían escarabajos claros, gordos y brillantes de limpios. Dentro, también conducían gordos escarabajos, manipulando el camino a su antojo, chorreando babas de estupor por la vida. En una mano el volante, en la otra el espejo retrovisor transmutando la historia que iba pasando como película porno barata, patética.
Los autos de la ciudad hacían de fondo de un escenario incipiente, los autos modelos eran el contraste de la vida en serio que veía en las calles que recorría.
Las calles cambian como el cuerpo, su cuerpo había cambiado tanto, su cuerpo ha de cambiar tantas veces más.
Mañana, tarde y noche, noches largas, noches solitarias, tardes gélidas, atardeceres de sobrevivencia. Otra mañana más, despertarse, juntar los tarros y seguir recorriendo calles.
Su cuerpo esta vez enjuto por la carencia, por la estrechez, como papel de volantín se deja llevar por las esquinas en ventolera.
Seguía siempre el sentido de su oído izquierdo.
En la noche había perdido un diente, pensó que era un sueño, pero no era una promesa.
Desdentada se sentó en la cuneta a recibir el viento, congelada las orejas, masticaba sus propias asperezas y soltabas sus últimas quejas.
En vano, la siguiente noche durmió llamando al ratón para que esta vez le arrancará lo que le quedaba de razón.
martes, 6 de julio de 2010
cine de medianoche
Un par de pelos roñozos siguen en la posición, su frente seca los encuentra pegados a ella. Su caminar persigue los mismos pasos que nunca volvieron.
Este viento, esta tormenta de viento, lo lleva a la orilla de un día, más bien de una noche, cuando la lluvia furiosa bofeteó las caras, los pensamientos y los deseos, cuando la distancia de los años lo miró a los ojos burlándose, aullando el imposible, arrebatando la sonrisa fresca que retorcía en su garganta, sus labios que amargos la miraban alejarse en medio de unas olas bellas, del agua bella, de un puerto bello, de una noche eterna.
A la orilla de un horizonte oscuro intenso, dejó la mitad del corazón mugriento a la espera de un languetazo de amor que nunca llegó, que nunca exigió. Pero le corrospondía. Esa era su certeza. Le correspondían sus manos, sus caderas, sus cabellos, su quehacer, su humedad. Ya eran propios.
Pero lo propio lo heredó de una vuelta a la manzana en una borrachera, en una cuneta perdida, en un pésimo poema.
El viento vuela sus pelos, mientras la curva de su espalda le persigue. Sigue allí en esa orilla, buscando el brillo del mar en la ola, en la chispa del estallido de la sonrisa blanca y amplia.
El ciclo se había puesto de pie.
Este viento, esta tormenta de viento, lo lleva a la orilla de un día, más bien de una noche, cuando la lluvia furiosa bofeteó las caras, los pensamientos y los deseos, cuando la distancia de los años lo miró a los ojos burlándose, aullando el imposible, arrebatando la sonrisa fresca que retorcía en su garganta, sus labios que amargos la miraban alejarse en medio de unas olas bellas, del agua bella, de un puerto bello, de una noche eterna.
A la orilla de un horizonte oscuro intenso, dejó la mitad del corazón mugriento a la espera de un languetazo de amor que nunca llegó, que nunca exigió. Pero le corrospondía. Esa era su certeza. Le correspondían sus manos, sus caderas, sus cabellos, su quehacer, su humedad. Ya eran propios.
Pero lo propio lo heredó de una vuelta a la manzana en una borrachera, en una cuneta perdida, en un pésimo poema.
El viento vuela sus pelos, mientras la curva de su espalda le persigue. Sigue allí en esa orilla, buscando el brillo del mar en la ola, en la chispa del estallido de la sonrisa blanca y amplia.
El ciclo se había puesto de pie.
jueves, 1 de julio de 2010
viento caliente en medio de la sala
Se dejó caer como objeto de evaluación. Sabía que así se liberaba. Se dispuso a escuchar, cerró los ojos.
La bicicleta pausada por la senda, hacía volver su cabeza que con miedo alargaba el cuello para mirar fijo hacia el abismo que no era tal. Allí, en ese fondo la profunda cascada, antigua y nueva a la vez, luminosa y perfecta, reconstruida por la mano del hombre, moldeada a su imagen y semejanza, se mantenía como siempre, como antes, como mañana y pasado, en la orilla del camino.
Cerrado los ojos, sabía. Si los abría, estaría allí, se encontraría allí, en el escenario de la no función, en la performance del ensayo, buscando el martillo, el pájaro que picoteaba el cráneo, la consciencia. Se encontraría en medio de los instrumentos, de la limpieza, de la pregunta, del ensayo contínuo.
Quien maniobraba la bicicleta, quien inducía el camino, no miraba hacia atrás. Mirada fija en el horizonte fresco, ojos cerrados y fijos y sabiendo su propiedad ¿A quién cargaba en esa parrilla como pasajero ausente? ¿Era la niña callada y tranquila, confiada? ¿Era su responsabilidad?
La estrangulación es posible por un segundo que no es el eterno. Encenderá las luces, estrangulará el silencio oscuro. Era su responsabilidad.
La bicicleta pausada por la senda, hacía volver su cabeza que con miedo alargaba el cuello para mirar fijo hacia el abismo que no era tal. Allí, en ese fondo la profunda cascada, antigua y nueva a la vez, luminosa y perfecta, reconstruida por la mano del hombre, moldeada a su imagen y semejanza, se mantenía como siempre, como antes, como mañana y pasado, en la orilla del camino.
Cerrado los ojos, sabía. Si los abría, estaría allí, se encontraría allí, en el escenario de la no función, en la performance del ensayo, buscando el martillo, el pájaro que picoteaba el cráneo, la consciencia. Se encontraría en medio de los instrumentos, de la limpieza, de la pregunta, del ensayo contínuo.
Quien maniobraba la bicicleta, quien inducía el camino, no miraba hacia atrás. Mirada fija en el horizonte fresco, ojos cerrados y fijos y sabiendo su propiedad ¿A quién cargaba en esa parrilla como pasajero ausente? ¿Era la niña callada y tranquila, confiada? ¿Era su responsabilidad?
La estrangulación es posible por un segundo que no es el eterno. Encenderá las luces, estrangulará el silencio oscuro. Era su responsabilidad.
jueves, 17 de junio de 2010
paseo por el barrio japonés
no
no sabía que la escalera redonda e infinita era un objeto de antaño, pero no se sintió segura cuando llegó al escalón oscuro de la crísis de la oscuridad...
en fín, decidió levantarse y comenzar a recorrerla, mientras las puertas estaban ahí a cada paso y las ventanas también, como coloridos paisajes o escenas verdes de plazas húmedas de sonidos amarillos y naranjos...
en fín, se metió allí hasta el tope y recorrió...
sí, sí entendía esos recobecos, era eso y aunque el nublado estaba a la vuelta de la esquina, la tomó.
¿Y la curva de la indiferencia? ¿De las oportunidades que van moviendo la curva y desenterrado a la débil?
quizás está apostando por el desvarío...
no
no sabía
no sabía que la escalera redonda e infinita era un objeto de antaño, pero no se sintió segura cuando llegó al escalón oscuro de la crísis de la oscuridad...
en fín, decidió levantarse y comenzar a recorrerla, mientras las puertas estaban ahí a cada paso y las ventanas también, como coloridos paisajes o escenas verdes de plazas húmedas de sonidos amarillos y naranjos...
en fín, se metió allí hasta el tope y recorrió...
sí, sí entendía esos recobecos, era eso y aunque el nublado estaba a la vuelta de la esquina, la tomó.
¿Y la curva de la indiferencia? ¿De las oportunidades que van moviendo la curva y desenterrado a la débil?
quizás está apostando por el desvarío...
no
no sabía
lunes, 7 de junio de 2010
húmedo pero seco
Miraba hacia el viento y la noche la esperaba sentada bajo el gran árbol, balanceándose suavemente y el rocío goteaba lento, como la hoja que caía en el balancín antiguo y roñoso.
Miraba al viento y olía la carne que húmeda rondaba los espacios repletos de lágrimas, de espera, de venganza, de gritos estrujados en una montaña lejana, de gritos silenciados por siglos, de miseria del alma, de venganza, de venganza, de venganza.
El viento en este rincón del mundo ya ni si quiera silbaba, el viento era también parte de ese desquite inconsciente, entretejido cada noche, cerraba puertas, evitaba llamadas, husmeaba... buscaba nada, ya nada quedaba, llamaba al ciego, al negro, a la negra de zapatos grandes, de pies negros caminantes eternos, polvorientos, sedientos.
El paisaje era húmedo, pero seco.
Sólo miraba, sólo sentía, sólo escuchaba, sabía que más allá, al otro lado, lo que había dejado no era tal, lo que había encontrado era lo que había olvidado...
Y el viento balbuceó el sueño sobre las ramas del árbol infinito, el viento la llevó a las fauces negras donde ella, incógnita del único viaje, le tomó de la mano para montar el árbol y mirar desde allí lo que dejaba, para atisbar desde allí lo que venía en el barco lejano, bello, pomposamente simple, cautivante, performático...
Miraba al viento y olía la carne que húmeda rondaba los espacios repletos de lágrimas, de espera, de venganza, de gritos estrujados en una montaña lejana, de gritos silenciados por siglos, de miseria del alma, de venganza, de venganza, de venganza.
El viento en este rincón del mundo ya ni si quiera silbaba, el viento era también parte de ese desquite inconsciente, entretejido cada noche, cerraba puertas, evitaba llamadas, husmeaba... buscaba nada, ya nada quedaba, llamaba al ciego, al negro, a la negra de zapatos grandes, de pies negros caminantes eternos, polvorientos, sedientos.
El paisaje era húmedo, pero seco.
Sólo miraba, sólo sentía, sólo escuchaba, sabía que más allá, al otro lado, lo que había dejado no era tal, lo que había encontrado era lo que había olvidado...
Y el viento balbuceó el sueño sobre las ramas del árbol infinito, el viento la llevó a las fauces negras donde ella, incógnita del único viaje, le tomó de la mano para montar el árbol y mirar desde allí lo que dejaba, para atisbar desde allí lo que venía en el barco lejano, bello, pomposamente simple, cautivante, performático...
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