Recorría las calles de siempre. Frías en las mañanas. Cemento pálido, astringente, ajeno.
Las calles cambiaban durante el día, igual que el cuerpo. Las calles son el cuerpo de la ciudad, las venas, las arterias que colapsan cada cierto tiempo llenándose de nosotros, escupiendo almas, recortando pasos. Ese medio día, luego de la lluvia, el cemento reflejaba sus dientes.
Como todos los días luego de la lluvia, el viento fresco quemaba las mejillas, igual que cuando se llora por desconsuelo, cuando se llora por un dolor eterno y profundo y no sabes dónde se ubica en el cuerpo, pero se vive punzante y quemante en la pupila siempre, en el reflejo del ojo... hasta que explota en lágrimas.
El viento pintaba las esquinas y los autos, los autos bellos y lujosos de la cuidad, parecían escarabajos claros, gordos y brillantes de limpios. Dentro, también conducían gordos escarabajos, manipulando el camino a su antojo, chorreando babas de estupor por la vida. En una mano el volante, en la otra el espejo retrovisor transmutando la historia que iba pasando como película porno barata, patética.
Los autos de la ciudad hacían de fondo de un escenario incipiente, los autos modelos eran el contraste de la vida en serio que veía en las calles que recorría.
Las calles cambian como el cuerpo, su cuerpo había cambiado tanto, su cuerpo ha de cambiar tantas veces más.
Mañana, tarde y noche, noches largas, noches solitarias, tardes gélidas, atardeceres de sobrevivencia. Otra mañana más, despertarse, juntar los tarros y seguir recorriendo calles.
Su cuerpo esta vez enjuto por la carencia, por la estrechez, como papel de volantín se deja llevar por las esquinas en ventolera.
Seguía siempre el sentido de su oído izquierdo.
En la noche había perdido un diente, pensó que era un sueño, pero no era una promesa.
Desdentada se sentó en la cuneta a recibir el viento, congelada las orejas, masticaba sus propias asperezas y soltabas sus últimas quejas.
En vano, la siguiente noche durmió llamando al ratón para que esta vez le arrancará lo que le quedaba de razón.
LLegó el momento... ya estoy acá frente a frente... y no voy a escapar...aquí estoy...
martes, 6 de julio de 2010
cine de medianoche
Un par de pelos roñozos siguen en la posición, su frente seca los encuentra pegados a ella. Su caminar persigue los mismos pasos que nunca volvieron.
Este viento, esta tormenta de viento, lo lleva a la orilla de un día, más bien de una noche, cuando la lluvia furiosa bofeteó las caras, los pensamientos y los deseos, cuando la distancia de los años lo miró a los ojos burlándose, aullando el imposible, arrebatando la sonrisa fresca que retorcía en su garganta, sus labios que amargos la miraban alejarse en medio de unas olas bellas, del agua bella, de un puerto bello, de una noche eterna.
A la orilla de un horizonte oscuro intenso, dejó la mitad del corazón mugriento a la espera de un languetazo de amor que nunca llegó, que nunca exigió. Pero le corrospondía. Esa era su certeza. Le correspondían sus manos, sus caderas, sus cabellos, su quehacer, su humedad. Ya eran propios.
Pero lo propio lo heredó de una vuelta a la manzana en una borrachera, en una cuneta perdida, en un pésimo poema.
El viento vuela sus pelos, mientras la curva de su espalda le persigue. Sigue allí en esa orilla, buscando el brillo del mar en la ola, en la chispa del estallido de la sonrisa blanca y amplia.
El ciclo se había puesto de pie.
Este viento, esta tormenta de viento, lo lleva a la orilla de un día, más bien de una noche, cuando la lluvia furiosa bofeteó las caras, los pensamientos y los deseos, cuando la distancia de los años lo miró a los ojos burlándose, aullando el imposible, arrebatando la sonrisa fresca que retorcía en su garganta, sus labios que amargos la miraban alejarse en medio de unas olas bellas, del agua bella, de un puerto bello, de una noche eterna.
A la orilla de un horizonte oscuro intenso, dejó la mitad del corazón mugriento a la espera de un languetazo de amor que nunca llegó, que nunca exigió. Pero le corrospondía. Esa era su certeza. Le correspondían sus manos, sus caderas, sus cabellos, su quehacer, su humedad. Ya eran propios.
Pero lo propio lo heredó de una vuelta a la manzana en una borrachera, en una cuneta perdida, en un pésimo poema.
El viento vuela sus pelos, mientras la curva de su espalda le persigue. Sigue allí en esa orilla, buscando el brillo del mar en la ola, en la chispa del estallido de la sonrisa blanca y amplia.
El ciclo se había puesto de pie.
jueves, 1 de julio de 2010
viento caliente en medio de la sala
Se dejó caer como objeto de evaluación. Sabía que así se liberaba. Se dispuso a escuchar, cerró los ojos.
La bicicleta pausada por la senda, hacía volver su cabeza que con miedo alargaba el cuello para mirar fijo hacia el abismo que no era tal. Allí, en ese fondo la profunda cascada, antigua y nueva a la vez, luminosa y perfecta, reconstruida por la mano del hombre, moldeada a su imagen y semejanza, se mantenía como siempre, como antes, como mañana y pasado, en la orilla del camino.
Cerrado los ojos, sabía. Si los abría, estaría allí, se encontraría allí, en el escenario de la no función, en la performance del ensayo, buscando el martillo, el pájaro que picoteaba el cráneo, la consciencia. Se encontraría en medio de los instrumentos, de la limpieza, de la pregunta, del ensayo contínuo.
Quien maniobraba la bicicleta, quien inducía el camino, no miraba hacia atrás. Mirada fija en el horizonte fresco, ojos cerrados y fijos y sabiendo su propiedad ¿A quién cargaba en esa parrilla como pasajero ausente? ¿Era la niña callada y tranquila, confiada? ¿Era su responsabilidad?
La estrangulación es posible por un segundo que no es el eterno. Encenderá las luces, estrangulará el silencio oscuro. Era su responsabilidad.
La bicicleta pausada por la senda, hacía volver su cabeza que con miedo alargaba el cuello para mirar fijo hacia el abismo que no era tal. Allí, en ese fondo la profunda cascada, antigua y nueva a la vez, luminosa y perfecta, reconstruida por la mano del hombre, moldeada a su imagen y semejanza, se mantenía como siempre, como antes, como mañana y pasado, en la orilla del camino.
Cerrado los ojos, sabía. Si los abría, estaría allí, se encontraría allí, en el escenario de la no función, en la performance del ensayo, buscando el martillo, el pájaro que picoteaba el cráneo, la consciencia. Se encontraría en medio de los instrumentos, de la limpieza, de la pregunta, del ensayo contínuo.
Quien maniobraba la bicicleta, quien inducía el camino, no miraba hacia atrás. Mirada fija en el horizonte fresco, ojos cerrados y fijos y sabiendo su propiedad ¿A quién cargaba en esa parrilla como pasajero ausente? ¿Era la niña callada y tranquila, confiada? ¿Era su responsabilidad?
La estrangulación es posible por un segundo que no es el eterno. Encenderá las luces, estrangulará el silencio oscuro. Era su responsabilidad.
jueves, 17 de junio de 2010
paseo por el barrio japonés
no
no sabía que la escalera redonda e infinita era un objeto de antaño, pero no se sintió segura cuando llegó al escalón oscuro de la crísis de la oscuridad...
en fín, decidió levantarse y comenzar a recorrerla, mientras las puertas estaban ahí a cada paso y las ventanas también, como coloridos paisajes o escenas verdes de plazas húmedas de sonidos amarillos y naranjos...
en fín, se metió allí hasta el tope y recorrió...
sí, sí entendía esos recobecos, era eso y aunque el nublado estaba a la vuelta de la esquina, la tomó.
¿Y la curva de la indiferencia? ¿De las oportunidades que van moviendo la curva y desenterrado a la débil?
quizás está apostando por el desvarío...
no
no sabía
no sabía que la escalera redonda e infinita era un objeto de antaño, pero no se sintió segura cuando llegó al escalón oscuro de la crísis de la oscuridad...
en fín, decidió levantarse y comenzar a recorrerla, mientras las puertas estaban ahí a cada paso y las ventanas también, como coloridos paisajes o escenas verdes de plazas húmedas de sonidos amarillos y naranjos...
en fín, se metió allí hasta el tope y recorrió...
sí, sí entendía esos recobecos, era eso y aunque el nublado estaba a la vuelta de la esquina, la tomó.
¿Y la curva de la indiferencia? ¿De las oportunidades que van moviendo la curva y desenterrado a la débil?
quizás está apostando por el desvarío...
no
no sabía
lunes, 7 de junio de 2010
húmedo pero seco
Miraba hacia el viento y la noche la esperaba sentada bajo el gran árbol, balanceándose suavemente y el rocío goteaba lento, como la hoja que caía en el balancín antiguo y roñoso.
Miraba al viento y olía la carne que húmeda rondaba los espacios repletos de lágrimas, de espera, de venganza, de gritos estrujados en una montaña lejana, de gritos silenciados por siglos, de miseria del alma, de venganza, de venganza, de venganza.
El viento en este rincón del mundo ya ni si quiera silbaba, el viento era también parte de ese desquite inconsciente, entretejido cada noche, cerraba puertas, evitaba llamadas, husmeaba... buscaba nada, ya nada quedaba, llamaba al ciego, al negro, a la negra de zapatos grandes, de pies negros caminantes eternos, polvorientos, sedientos.
El paisaje era húmedo, pero seco.
Sólo miraba, sólo sentía, sólo escuchaba, sabía que más allá, al otro lado, lo que había dejado no era tal, lo que había encontrado era lo que había olvidado...
Y el viento balbuceó el sueño sobre las ramas del árbol infinito, el viento la llevó a las fauces negras donde ella, incógnita del único viaje, le tomó de la mano para montar el árbol y mirar desde allí lo que dejaba, para atisbar desde allí lo que venía en el barco lejano, bello, pomposamente simple, cautivante, performático...
Miraba al viento y olía la carne que húmeda rondaba los espacios repletos de lágrimas, de espera, de venganza, de gritos estrujados en una montaña lejana, de gritos silenciados por siglos, de miseria del alma, de venganza, de venganza, de venganza.
El viento en este rincón del mundo ya ni si quiera silbaba, el viento era también parte de ese desquite inconsciente, entretejido cada noche, cerraba puertas, evitaba llamadas, husmeaba... buscaba nada, ya nada quedaba, llamaba al ciego, al negro, a la negra de zapatos grandes, de pies negros caminantes eternos, polvorientos, sedientos.
El paisaje era húmedo, pero seco.
Sólo miraba, sólo sentía, sólo escuchaba, sabía que más allá, al otro lado, lo que había dejado no era tal, lo que había encontrado era lo que había olvidado...
Y el viento balbuceó el sueño sobre las ramas del árbol infinito, el viento la llevó a las fauces negras donde ella, incógnita del único viaje, le tomó de la mano para montar el árbol y mirar desde allí lo que dejaba, para atisbar desde allí lo que venía en el barco lejano, bello, pomposamente simple, cautivante, performático...
sábado, 15 de mayo de 2010
Identidad
Alrededor de las 18.20, momentos antes, momentos después, se dispuso a enfrentar el monstruito que cabalga en el exterior. La cosa parecía simple, al menos tres etapas formales; primera, de iniciativa, es decir, buscar la razón, aquélla que hacía al menos un par de siglos no estaba disponible para ser humano alguno, sin embargo, la cabeza dura, la bruta, como le dijo la esclava, era así, era la bruta y seguía ese tesoro perdido.
Segunda, constitutiva, vaya buscando esa cosa que llaman fundamentos, bases, forma, retratos, cuerpo, espejo, árbol. Eso que es parecido a identidad sin ser lo mismo, sin esperar nada, ese algo odioso, nombrado y designado, categoría.
ya estaba sintiéndose estúpidamente segura
ya estaba calentando su taza de té por tercera vez
ya estaba riendo
recordó Santa Fé, 1955, Café Florida, recordó la plaza, recordó el húmedo, gigante, eterno, viscoso álamo de aquella cuadra, sentado desde siempre en el primer banco, esperando al mostruito todas las madrugadas por más de un cuarto de siglo, allí mismo donde la esclava la esperaba y esperaba en los atardeceres
la bruta y la esclava, la esclava bruta, la bruta y su esclava a cuestas, la esclava brutalmente esclava, le clava en la cara de bruta toda su alma sin pena que baga en esa placita, la misma del año 1955 en algún rincón de Sta. Fé, justo ahí donde ha muerto toda fé posible, justo ahí donde la razón se voló con un viento húmedo y caliente entre el álamo y el banco, llegando ha posarse a la última hoja
ya basta, estúpida! recogió los lentes añejos, como el limpiapiso del consultorio de las esquinas, tomó el té de un sorbo quemándose hasta el contre, mejor, así despierta un poco de tanto ruido sin razón, miró su ínfimo reloj de pulsera, divisó un par de números, confusa(mente) abrió su puerta, puso la llave de tres vueltas como siempre, bien seguro todo no?, bajó por las escaleras esta vez para divisar al monstruito desde otra rendija
entonces sabía que ya estaría entrando a una última etapa, la conclusiva, sabia?
¿de qué sabia? la bruta admirada y sonrojada y esclava y bruta al mismo tiempo y dueña y esclava
sabía del mostruito que la observaba?
sabía de la calle en el 55, sabía?
dos, tres, seis niveles y estaba en la alfombra que la conducía a las puertas del monstruito, con la boca abierta la esperaba, con reminiscencias de tango y de bals y de chicas super poderosas engullidas por viajes inmemoriales, azules, lilas en llamas
etapa conclusiva: cerrar los ojos, ahogarse en el la liquidez del otro, deshechar la trampa, correr el riesgo, sufrir, sufrir, sufrir feliz
Segunda, constitutiva, vaya buscando esa cosa que llaman fundamentos, bases, forma, retratos, cuerpo, espejo, árbol. Eso que es parecido a identidad sin ser lo mismo, sin esperar nada, ese algo odioso, nombrado y designado, categoría.
ya estaba sintiéndose estúpidamente segura
ya estaba calentando su taza de té por tercera vez
ya estaba riendo
recordó Santa Fé, 1955, Café Florida, recordó la plaza, recordó el húmedo, gigante, eterno, viscoso álamo de aquella cuadra, sentado desde siempre en el primer banco, esperando al mostruito todas las madrugadas por más de un cuarto de siglo, allí mismo donde la esclava la esperaba y esperaba en los atardeceres
la bruta y la esclava, la esclava bruta, la bruta y su esclava a cuestas, la esclava brutalmente esclava, le clava en la cara de bruta toda su alma sin pena que baga en esa placita, la misma del año 1955 en algún rincón de Sta. Fé, justo ahí donde ha muerto toda fé posible, justo ahí donde la razón se voló con un viento húmedo y caliente entre el álamo y el banco, llegando ha posarse a la última hoja
ya basta, estúpida! recogió los lentes añejos, como el limpiapiso del consultorio de las esquinas, tomó el té de un sorbo quemándose hasta el contre, mejor, así despierta un poco de tanto ruido sin razón, miró su ínfimo reloj de pulsera, divisó un par de números, confusa(mente) abrió su puerta, puso la llave de tres vueltas como siempre, bien seguro todo no?, bajó por las escaleras esta vez para divisar al monstruito desde otra rendija
entonces sabía que ya estaría entrando a una última etapa, la conclusiva, sabia?
¿de qué sabia? la bruta admirada y sonrojada y esclava y bruta al mismo tiempo y dueña y esclava
sabía del mostruito que la observaba?
sabía de la calle en el 55, sabía?
dos, tres, seis niveles y estaba en la alfombra que la conducía a las puertas del monstruito, con la boca abierta la esperaba, con reminiscencias de tango y de bals y de chicas super poderosas engullidas por viajes inmemoriales, azules, lilas en llamas
etapa conclusiva: cerrar los ojos, ahogarse en el la liquidez del otro, deshechar la trampa, correr el riesgo, sufrir, sufrir, sufrir feliz
domingo, 18 de abril de 2010
obituario
Le expliqué mil veces que todo sólo se trataba de una buena técnica teatral, nada más. Pero no me creyó. Es que yo era muy buen actor, la verdad. La técnica de Stanislavski, nuestro maestro, ya estaba en mi cuerpo, totalmente orgánica no?.
Luché por ese Teatro, por construirlo, por desarmar el mito del experimental que tanto daño le hizo al teatro chileno, contra la pomposidad de esas malas voces y el ego que se les escapaba por lo poros.
La Miriam era bella, pero no entendió nunca el teatro, por eso se puso celosa de la Raquel. También ayudaron las malas lenguas, pero en fin...
Cuando conocí a la Raquel, ella venía recién saliendo de humanidades. Alta y delgada, pelo largo, que práctiamente nadie conoció en su faceta famosa, en un muy fino vestido de cachemira. Su voz me cautivó enseguida. Ronca. Seca. Intuí en ella un secreto que quise explotar inmediatamente.
Quería estudiar teatro, desarrollar alguna actividad que le ayudara a desenvolverse con mayor seguridad. En el fondo el teatro era su estrategia para joder a su familia bien. Pero, eso lo supe muchas conversaciones después.
Con los horas y los días de ensayo, con los pasos marcando textos, con los cafés de lectura de personaje, con los cigarrillos en descaso, su personalidad se mostró limpia y sonriente hacia mi.
Como profesor, director, dramaturgo y actor, la guiaba con la responsabilidad que me correspondía. Mis años me daban la experiencia suficiente para ver la verdad en sus ojos.
Mientras la Miriam lentamente cambió sus hábitos, cada vez con mayor insistencia me esperaba a la salida de los ensayos. Se mostraba interesada por la construcción de personajes, el proceso, las dificultades, las carencias que yo tomaría como mías, las fortalezas que potenciaría, los amores...
La Miriam ya estaba en el segundo semestre de su carrera, ser dentista era su sueño desde siempre. Era muy lista, simpática, bella, dulce, dulce, dulce. Su sabor quedo en mi. En ese momento llevábamos tres de compromiso.
La Raquel se había convertido en mi sombra. Nos llevábamos a la perfección. El dia del estreno se acercaba y las noches de ensayo se hacían más largas. La Miriam no me lo decía, pero yo lo sentía en sus labios, había cambiado.
La Esquina Peligrosa era una de las obras que más me gustaba. Pocos años después de su estreno, el 32, en Estados Unidos, nos atrevimos a hacerla. Construcción dramática precisa, limpia, fina, inteligente, irónica, profunda. Me sentía totalmente integrado con mi personaje, lo conocía demasiado bien... Roberto, el anfitrión, el perfecto, el apremiado, el correctamente insuperable, patético. Las vidas entrecruzadas en la mueca. Raquel hacía Frida, su esposa.
La puesta en escena fue un éxito. La Miriam, sin embargo, no estaba feliz, vio en el beso final entre Roberto y Frida, algo más y no estaba feliz... esa noche me dejó. Cuando me desperté en la mañana, ya no estaba su ropita. Se había ido al sur, me lo dijo mi tía. Ni una cartita, nada... silencio... castigo... Cada tarde a las 17.47 me iva a la estación, la esperaba pensando que volvería.
La Raquel de sombra se transformó en fantasma, rondaba lugares, solitaria, seca, sola y seca...seca. Al año, entró a periodismo. Nunca más la vi, su secreto me obligó a olvidarla.
Esta mañana, la Miriam, mi primer amor, volvió con la plenitud del adiós... Miriam Torrealba, dentista, sus hijos, nietos y familia agradecen su eterna entrega...
Luché por ese Teatro, por construirlo, por desarmar el mito del experimental que tanto daño le hizo al teatro chileno, contra la pomposidad de esas malas voces y el ego que se les escapaba por lo poros.
La Miriam era bella, pero no entendió nunca el teatro, por eso se puso celosa de la Raquel. También ayudaron las malas lenguas, pero en fin...
Cuando conocí a la Raquel, ella venía recién saliendo de humanidades. Alta y delgada, pelo largo, que práctiamente nadie conoció en su faceta famosa, en un muy fino vestido de cachemira. Su voz me cautivó enseguida. Ronca. Seca. Intuí en ella un secreto que quise explotar inmediatamente.
Quería estudiar teatro, desarrollar alguna actividad que le ayudara a desenvolverse con mayor seguridad. En el fondo el teatro era su estrategia para joder a su familia bien. Pero, eso lo supe muchas conversaciones después.
Con los horas y los días de ensayo, con los pasos marcando textos, con los cafés de lectura de personaje, con los cigarrillos en descaso, su personalidad se mostró limpia y sonriente hacia mi.
Como profesor, director, dramaturgo y actor, la guiaba con la responsabilidad que me correspondía. Mis años me daban la experiencia suficiente para ver la verdad en sus ojos.
Mientras la Miriam lentamente cambió sus hábitos, cada vez con mayor insistencia me esperaba a la salida de los ensayos. Se mostraba interesada por la construcción de personajes, el proceso, las dificultades, las carencias que yo tomaría como mías, las fortalezas que potenciaría, los amores...
La Miriam ya estaba en el segundo semestre de su carrera, ser dentista era su sueño desde siempre. Era muy lista, simpática, bella, dulce, dulce, dulce. Su sabor quedo en mi. En ese momento llevábamos tres de compromiso.
La Raquel se había convertido en mi sombra. Nos llevábamos a la perfección. El dia del estreno se acercaba y las noches de ensayo se hacían más largas. La Miriam no me lo decía, pero yo lo sentía en sus labios, había cambiado.
La Esquina Peligrosa era una de las obras que más me gustaba. Pocos años después de su estreno, el 32, en Estados Unidos, nos atrevimos a hacerla. Construcción dramática precisa, limpia, fina, inteligente, irónica, profunda. Me sentía totalmente integrado con mi personaje, lo conocía demasiado bien... Roberto, el anfitrión, el perfecto, el apremiado, el correctamente insuperable, patético. Las vidas entrecruzadas en la mueca. Raquel hacía Frida, su esposa.
La puesta en escena fue un éxito. La Miriam, sin embargo, no estaba feliz, vio en el beso final entre Roberto y Frida, algo más y no estaba feliz... esa noche me dejó. Cuando me desperté en la mañana, ya no estaba su ropita. Se había ido al sur, me lo dijo mi tía. Ni una cartita, nada... silencio... castigo... Cada tarde a las 17.47 me iva a la estación, la esperaba pensando que volvería.
La Raquel de sombra se transformó en fantasma, rondaba lugares, solitaria, seca, sola y seca...seca. Al año, entró a periodismo. Nunca más la vi, su secreto me obligó a olvidarla.
Esta mañana, la Miriam, mi primer amor, volvió con la plenitud del adiós... Miriam Torrealba, dentista, sus hijos, nietos y familia agradecen su eterna entrega...
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